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lunes, 12 de diciembre de 2011

El Gobierno y la Iglesia, necesitados 


de mejorar la relación por razones 


distintas.


Autor:   Sergio Rubin
Fuente: Valores Religiosos.
El Gobierno y la Iglesia dieron los primeros pasos para recomponer una relación atravesada por cortocircuitos, tensiones y escaso diálogo desde que Néstor Kirchner llegó a la presidencia, en 2003. La nueva conducción del Episcopado, surgida de las elecciones entre los obispos, tardó unas pocas horas en pedirle a Cristina Fernández una audiencia para presentarle los saludos y la presidenta se la otorgó en el acto para el día siguiente. El encuentro, lleno de gestos cordiales, fue el punto de partida de lo que pretende ser una nueva etapa en el vínculo que, por ahora, está en el plano de las buenas intenciones. ¿Será una realidad?
En principio, hay que decir que las dos principales figuras que simbolizaban el desencuentro dejaron este mundo o ya no están en el centro de la escena. Kirchner, el principal oponente desde el oficialismo de la Iglesia, murió hace más de un año. A su vez, el cardenal Jorge Bergoglio, el religioso que más desconfiaba del kirchnerismo y que consideraba que esta corriente quería dañar su imagen, no pudo aspirar a una nueva reelección al frente del Episcopado por llevar dos períodos consecutivos en el cargo, el tiempo máximo que permiten los estatutos eclesiásticos. Con todo, sigue siendo el arzobispo de Buenos Aires.
En segundo lugar debe señalarse que los sucesores de Kirchner y Bergoglio tienen un perfil o antecedentes auspiciosos con vistas a una reconstrucción del vínculo. El nuevo presidente del Episcopado, el arzobispo de Santa Fe, José María Arancedo, es un moderado y dialoguista. Cristina Fernández se ha venido mostrando mucho menos belicosa con la Iglesia que su marido. En su primer mandato sólo se le conoce una crítica a los obispos que asumieron la posición más dura contra el proyecto de matrimonio gay. Y, además, siempre mostró una sensibilidad religiosa de la que su esposo carecía.
Además, no pueden pasarse por alto algunas circunstancias que marcan otra diferencia relevante en el matrimonio presidencial. Mientras Kirchner asumió con firmeza el proyecto de matrimonio gay, presionando a sus legisladores para que lo votaran y así propinarle una derrota a la Iglesia, Cristina Fernández no es partidaria de la despenalización del aborto. Su posición -que se la ratificó implícitamente a la cúpula de la Iglesia durante la reunión- está retrayendo a los legisladores oficialistas y provocando que los dictámenes de comisión no tengan los votos necesarios.
Por otra parte, es claro que el Gobierno y la Iglesia tienen razones para buscar una recomposición de la relación, si bien los motivos de cada uno son diferentes. El Episcopado siente que, tras la contundente reelección de Cristina, es tiempo de volver al diálogo. Más allá de una cuestión de principios, cree que no es bueno mantener tanta distancia y frialdad porque, por caso, si el Gobierno cae en tendencias hegemónicas, la Iglesia carecerá de cierto predicamento en el oficialismo para advertirle acerca de la inconveniencia de los desbordes institucionales.
Además, no parece una buena idea que los obispos sigan alejados de la Casa Rosada, apareciendo casi como adversarios, habiendo una presidenta que se opone al aborto. Huelga recordar lo importante que es para la Iglesia la defensa de la vida desde la concepción y las dificultades que tiene para aglutinar voluntades en este tipo de cuestiones en el ámbito político. ¿Acaso si la mandataria virara en su posición –explícita o tácitamente- no estaría a la vuelta de la esquina la despenalización del aborto? ¿Cómo quedaría el Episcopado ante el Vaticano?
A Cristina también le conviene mejorar la relación. Tiene claro que en su segundo mandato tendrá que afrontar relevantes exigencias, comenzando por una reestructuración de la economía (por caso, atacar la inflación y bajar los subsidios) que le acarreará inevitables costos sociales. La mala manera de detener la fuga de divisas anticipó sus problemas. En ese contexto, tener en la vereda de enfrente a la Iglesia criticando y sin poder contar con su influencia apaciguadora no le resultaría nada conveniente. Sería parte del problema.
Con todo, Cristina debería tener claro que las nuevas autoridades del Episcopado son una continuidad de las anteriores, con los matices –por cierto- que diferencian a las personas. Así se lo dijo Arancedo en la reunión. Por otra parte, el vocero episcopal, el padre Jorge Oesterheld, deslizó ante la prensa una precisión clave: "La Iglesia seguirá diciendo lo que crea que tiene que decir conforme a los valores evangélicos como lo hizo con los anteriores gobiernos y lo hará con los futuros".
De todas formas, y abriendo el paraguas ante la sensibilidad a las críticas que caracteriza al oficialismo, el vicepresidente primero del Episcopado, el obispo Virginio Bressanelli, también le aclaró a la presidenta que esas intervenciones de la Iglesia deben leerse como un aporte desde lo pastoral, no un ataque político. Pero es difícil que el poder haga semejante disquisición.
Lo cierto es que la Argentina necesita mejorar su clima de convivencia después de años de mucha confrontación por la salud de la sociedad y para afrontar los desafíos económicos y sociales. Y una recomposición de la relación entre el Gobierno y la Iglesia puede ser un buen punto de partido. ¿Encarará Cristina una etapa superadora?

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