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miércoles, 29 de febrero de 2012

Doctor Juan Carlo Amatucci.

EL PAPA
TENGAMOS PRESENTE NUESTRA CONDICIÓN MORTAL, 
ACOGIENDO EN ELLA A DIOS Y ESPERANDO LA RESURRECCIÓN.
Ciudad del Vaticano, 23 febrero 2012 (VIS).-
En la tarde de ayer, miércoles de Ceniza, el Santo Padre presidió la tradicional procesión penitencial desde la Iglesia de San Anselmo del Aventino hasta la basílica de Santa Sabina, en la misma colina romana. 
Tomaron parte en ella numerosos cardenales, arzobispos y obispos, así como los monjes benedictinos de San Anselmo, los padres dominicos de Santa Sabina y los fieles.
Tras la procesión, Benedicto XVI presidió la celebración Eucarística con el rito de la bendición y la imposición de la ceniza. El Papa la recibió de manos del cardenal Josef Tomko, titular de la basílica, y seguidamente la impuso a los cardenales y a algunos monjes, religiosos y fieles. Después de la proclamación del Evangelio, pronunció una homilía en la que explicó el significado del signo litúrgico de la ceniza, “un elemento de la naturaleza -dijo- que se convierte en la Liturgia en un símbolo sacro, muy importante en esta jornada que da inicio al itinerario cuaresmal”.
“La ceniza es uno de esos signos materiales que llevan el cosmos al interior de la Liturgia. (…) Se trata de un signo no sacramental, pero ligado a la oración y la santificación del pueblo cristiano”. De hecho, antes de imponerla sobre la cabeza de los fieles, el sacerdote bendice la ceniza; una de las fórmulas de bendición hace referencia al pasaje del Génesis que acompaña el gesto de la imposición: “Polvo eres y al polvo volverás” (Gen 3, 19). Se trata de las palabras con las que concluye el juicio pronunciado por Dios después del pecado original.
A causa del pecado de Adán, Dios maldice la tierra de la que éste había surgido, cuando, tras la creación del mundo, “el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, insufló en sus narices aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo”. (Gen 2-7). En este punto, el Papa señaló que “el signo de la ceniza nos lleva al gran relato de la creación, en el que se dice que el ser humano es una singular unidad de materia y soplo divino, mediante la imagen del polvo de la tierra plasmado por Dios y animado por su aliento. Podemos observar que, en la narración del Génesis, el símbolo del polvo experimenta una transformación negativa a causa del pecado. Antes de la caída, la tierra posee una potencialidad totalmente buena” que “recuerda el gesto creador de Dios, abierto a la vida”; después del pecado y la consiguiente maldición divina, “se convierte en signo de un inexorable destino de muerte: 'Polvo eres y al polvo volverás'”.
La tierra sigue, pues, la suerte de la humanidad, y le concederá sus frutos sólo a cambio de “dolor” y del “sudor de la frente”. Sin embargo, “esta maldición de la tierra tiene una función medicinal para el hombre, ya que la 'resistencia' que le opone le ayuda a mantenerse en sus límites y a reconocer su propia naturaleza. (…) Esto significa que la intención de Dios, que es siempre benéfica, es más profunda que la maldición. Ésta es debida no a Dios, sino al pecado; pero Dios la inflige porque respeta la libertad del hombre y sus consecuencias, incluso las negativas”. Sin embargo, el Señor, junto al “justo castigo, desea anunciar también una vía de salvación que pasará precisamente a través de la tierra, del polvo, de la carne que será asumida por el Verbo”.
La Liturgia del miércoles de Ceniza retoma las palabras del Génesis desde esta perspectiva salvífica, como “invitación a la penitencia, a la humildad, a tener presente la propia condición mortal, pero no para caer en la desesperación, sino para acoger, en esta mortalidad nuestra, la impensable cercanía de Dios que, más allá de la muerte, abre el paso a la resurrección, al paraíso finalmente reencontrado”.
“La posibilidad del perdón divino depende esencialmente del hecho de que Dios mismo, en la persona de su Hijo, ha querido compartir nuestra condición, pero no la corrupción del pecado. 

El Padre lo ha resucitado con la potencia de su Santo Espíritu y Jesús, el nuevo Adán, se ha transformado (…) en la primicia de la nueva creación”.
Como conclusión, Benedicto XVI afirmó: “El Dios que echó a nuestros progenitores del Edén ha mandado a su propio Hijo a la tierra devastada por el pecado (…) para que nosotros, hijos pródigos, podamos volver, arrepentidos y redimidos por su misericordia, a nuestra verdadera patria. 

Que así sea para cada uno de nosotros, para todos los creyentes, para todo hombre que humildemente reconoce que necesita salvación”.

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