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domingo, 8 de enero de 2012

Educar a los jóvenes en la justicia y la paz‏


Educar a los 




jóvenes en: 


lA justicia 


la paz.


En la XLV Jornada Mundial de la Paz el 1o de enero, el Papa nos ha exhortado a educar a los jóvenes en la justicia y la paz. 
Reflexionemos sobre las acciones concretas que podemos emprender a este respecto.
Autor: Mayra Novelo de Bardo | 
Fuente: vatica.va
Desde hace ya 45 años la Iglesia en cada 1 de enero celebra María Madre de Dios y la jornada por la paz del mundo. 

El tema de este año es el de “Educar a los jóvenes en la justicia y la paz”. 
El Papa ve la necesidad de que los jóvenes deben ser educados para buscar y procurar la paz.
Los principales responsables de la educación son los padres y luego los maestros, por lo tanto el texto resulta de gran interés para ambos. 
Subrayamos algunos de los puntos esenciales del mensaje para la celebración XLV Jornada Mundial de la Paz y a continuación el texto integro.
 1)
 El mensaje se dirige a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación quienes deben prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz.

2 )
La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida pues es conducir a otro. Hay uno que enseña y otro que aprende, un juego de dos voluntades. Por eso, el educador se vuelve testigo auténtico, y no simples dispensador de reglas o informaciones.



3.) 

La familia es el lugar donde madura una verdadera 

educación en la paz y en la justicia. 

En la familia los hijos aprenden los principios humanos 

y cristianos como la solidaridad, la acogida por el otro, 

el respeto por las reglas, la colaboración, la compasión, 

la fraternidad, el perdón bases esenciales para la 

vivencia de la paz.




En la XLV Jornada Mundial de la Paz el 10 

de enero, el Papa nos ha exhortado a 

educar a los jóvenes en la justicia y la paz. 

Reflexionemos sobre las acciones concretas 

que podemos emprender a este respecto.

Autor: Mayra Novelo de Bardo | 

Fuente: vatica.va


¿Cuáles son los lugares donde madura una 


verdadera educación en la paz y en la justicia? 


Ante todo la familia, puesto que los padres son 


los primeros educadores. 

La familia es la célula originaria de la sociedad. 

«En la familia es donde los hijos aprenden los 


valores humanos y cristianos que permiten una 


convivencia constructiva y pacífica. 

En la familia es donde se aprende la solidaridad 


entre las generaciones, el respeto de las reglas, el 


perdón y la acogida del otro»

[1].


Ella es la primera escuela donde se recibe 

educación para la justicia y la paz. 

Vivimos en un mundo en el que la familia, y 


también la misma vida, se ven constantemente 


amenazadas y, a veces, destrozadas

Unas condiciones de trabajo a menudo poco 


conciliables con las responsabilidades familiares, 


la preocupación por el futuro, 

los ritmos de vida frenéticos, la emigración en


busca de un sustento adecuado, cuando no de 


la simple supervivencia, acaban por hacer difícil 


la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los 


bienes más preciosos: la presencia de los padres; 

una presencia que les permita cada vez más 


compartir el camino con ellos, para poder


transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas 


que se adquieren con los años, y que sólo se 

pueden comunicar pasando juntos el tiempo. 


Deseo decir a los padres que no se desanimen


Que exhorten con el ejemplo de su vida a los 


hijos a que pongan la esperanza ante todo en 


Dios, el único del que mana justicia y paz 


auténtica. 

Quisiera dirigirme también a los responsables 


de las instituciones dedicadas a la educación: 


que vigilen con gran sentido de responsabilidad 


para que se respete y valore en toda 

circunstancia la dignidad de cada persona. 


Que se preocupen de que cada joven pueda 


descubrir la propia vocación, acompañándolo 


mientras hace fructificar los dones que el 

Señor le ha concedido. 

Que aseguren a las familias que sus hijos puedan 


tener un camino formativo que no contraste 


con su conciencia y principios religiosos.

Que todo ambiente educativo sea un lugar de 


apertura al otro y a lo transcendente; 


lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, 

en el que el joven se sienta valorado en sus 


propias potencialidades y riqueza interior, 


y aprenda a apreciar a los hermanos. 

Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir 


día a día la caridad y la compasión por el 


prójimo, y de participar activamente en la 


construcción de una sociedad más humana y 

fraterna. 

Me dirijo también a los responsables políticos, 


pidiéndoles que ayuden concretamente a las 


familias e instituciones educativas a ejercer su 


derecho deber de educar. Nunca debe faltar una 

ayuda adecuada a la maternidad y a la 


paternidad


Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el 


derecho a la instrucción y las familias puedan 


elegir libremente las estructuras educativas 


que consideren más idóneas para el bien de sus 


hijos. 


Que trabajen para favorecer el reagrupamiento 


de las familias divididas por la necesidad de


encontrar medios de subsistencia. 

Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la 






política, como verdadero servicio al bien de 


todos. 

No puedo dejar de hacer un llamamiento, 


además, al mundo de los medios, para que den su 


aportación educativa. 


En la sociedad actual, los medios de 


comunicación de masa tienen un papel 


particular: no sólo informan, sino que también 


forman el espíritu de sus destinatarios y, por 


tanto, pueden dar una aportación notable a la 


educación de los jóvenes.


Es importante tener presente que los lazos entre


educación y comunicación son muy estrechos: 


en efecto, la educación se produce mediante la 


comunicación, que influye positiva o 


negativamente en la formación de la persona. 


También los jóvenes han de tener el valor de vivir 


ante todo ellos mismos lo que piden a quienes 


están en su entorno. 


Les corresponde una gran responsabilidad: que 


tengan la fuerza de usar bien y conscientemente 


la libertad. También ellos son responsables de la 


propia educación y formación en la justicia y 

la paz. 

Educar en la verdad y en la libertad. 

3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius 


desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma 


con más ardor que la verdad?»[2]. El rostro humano 


de una sociedad depende mucho de la contribución de 


la educación a mantener viva esa cuestión 


insoslayable. En efecto, la educación persigue la 


formación integral de la persona, incluida la dimensión 


moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y 


al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, 


para educar en la verdad es necesario saber sobre todo 


quién es la persona humana, conocer su naturaleza. 


Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista 


reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus 


dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es 


el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, 


para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la 


cuestión fundamental que hay que plantearse: 


¿Quién es el hombre? 


El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed 


de infinito, una sed de verdad -no parcial, sino capaz 


de explicar el sentido de la vida- porque ha sido creado 


a imagen y semejanza de Dios. 


Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don

inestimable lleva a descubrir la propia dignidad 


profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, 


la primera educación consiste en aprender a reconocer 


en el hombre la imagen del Creador y, por 


consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser 


humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme 


a esta altísima dignidad. Nunca podemos olvidar que 


«el auténtico desarrollo del hombre concierne de 


manera unitaria a la totalidad de la persona en todas 


sus dimensiones»[3],incluida la trascendente, y que no 


se puede sacrificar a la persona para obtener un bien 


particular, ya sea económico o social, individual o 


colectivo. 



Sólo en la relación con Dios comprende también el 

hombre el significado de la propia libertad. Y es 

cometido de la educación el formar en la auténtica 

libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el 

dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo. 

El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada 

ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja , 

termina por contradecir la verdad del propio ser, 

perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un 

ser relacional, que vive en relación con los otros y, 

sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se 

puede alcanzar alejándose de Él. 




La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la 

puede entender y usar mal. «En la actualidad, un 

obstáculo particularmente insidioso para la obra 

educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad 

y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada 

como definitivo, deja como última medida sólo el 

propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la 

libertad, se transforma para cada uno en una prisión, 

porque separa al uno del otro, dejando a cada uno 

encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, 

dentro de ese horizonte relativista no es posible una 

auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes 

después amplia su temor, toda persona queda 

condenada a dudar de la bondad de su misma vida y 

de las relaciones que la constituyen, de la validez de su 

esfuerzo por construir con los demás algo en 

común»[4].



Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por 

tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad 

sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más 

íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que 

él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y 

cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del 

mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho 

y del mal que ha cometido[5].Por eso, el ejercicio de la 

libertad está íntimamente relacionado con la ley moral 

natural, que tiene un carácter universal, expresa la 

dignidad de toda persona, sienta la base de sus 

derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en 

último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre 

las personas.

El uso recto de la libertad es, pues, central en la 

promoción de la justicia y la paz, que requieren el 

respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se 

distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa 

actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la 

justicia se quedan en palabras sin contenido: la 

confianza recíproca, la capacidad de entablar un 

diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que 

tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta 

conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los 

más débiles, así como la disponibilidad para el 

sacrificio.

El uso recto de la libertad es, pues, central en la 

promoción de la justicia y la paz, que requieren el 

respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se 

distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa 

actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la 

justicia se quedan en palabras sin contenido: la 

confianza recíproca, la capacidad de entablar un 

diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que 

tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta 

conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los 

más débiles, así como la disponibilidad para el 

sacrificio.




Educar en la justicia.



4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, 

de su dignidad y de sus derechos, más allá de las 

declaraciones de intenciones, está seriamente amenazo 

por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a 

los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es 

importante no separar el concepto de justicia de sus 

raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una 

simple convención humana, ya que lo que es justo no 

está determinado originariamente por la ley positiva, 

sino por la identidad profunda del ser humano. La 

visión integral del hombre es lo que permite no caer en 

una concepción contractualista de la justicia y abrir 

también para ella el horizonte de la solidaridad y del 

amor[6].



No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura 


moderna, sostenida por principios económicos 


racionalistas e individualistas, han sustraído al 


concepto de justicia sus raíces transcendentes, 


separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad 


del hombre” no se promueve sólo con relaciones de 


derechos y deberes sino, antes y más aún, con 


relaciones de gratuidad, de misericordia y de 


comunión. La caridad manifiesta siempre e l amor de 


Dios también en las relaciones humanas, otorgando 


valor teologal y salvífico a todo compromiso por la 


justicia en el mundo»[7].



«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la 

justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). 

Serán saciados porque tienen hambre y sed de 

relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus 

hermanos y hermanas, y con toda la creación. 



Educar en la paz. 


5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita 

a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no 

puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los 

bienes de las personas, la libre comunicación entre los 

seres humanos, el respeto de la dignidad de las 

personas y de los pueblos, la práctica asidua de la 

fraternidad»[8].La paz es fruto de la justicia y efecto 

de la caridad. Y es ante todo, don de Dios. Los 

cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera pa

en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al 

mundo y ha destruido las barreras que nos separaban 

a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única 

familia reconciliada en el amor. 

Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino 

también una obra que se ha de construir. Para ser 

verdaderamente constructores de la paz, debemos ser 

educados en la compasión, la solidaridad, la 

colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos 

dentro de las comunidades y atentos a despertar las 

consciencias sobre las cuestiones nacionales e 

internacionales, así como sobre la importancia de 

buscar modos adecuados de redistribución de la 

riqueza, de promoción del crecimiento, de la 

cooperación al desarrollo y de la resolución de los 

conflictos. «Bienaventurados los que trabajan por la 

paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios», dice 

Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,9). 


La paz para todos nace de la justicia de cada uno y 


ninguno puede eludir este compromiso esencial de 


promover la justicia, según las propias competencias y 


responsabilidades. Invito de modo particular a los 


jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia 


los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar 


la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es 


justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar 


sacrificio e ir contracorriente

Levantar los ojos a Dios.
  

. 6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de 

la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de 

preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los 

montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1).


Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los 

jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el 

mundo, sino só lo dirigir la mirada al Dios viviente, que 

es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el 

garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], 

mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al 

mismo tiempo, es el amor eterno.

Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?»[9]. El amor se 

complace en la verdad, es la fuerza que nos hace 

capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, 

la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo 

espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).

Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para 

la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante 

las dificultades y no os entreguéis a las falsas 

soluciones, que con frecuencia se presentan como el 

camino más fácil para superar los problemas. No 

tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al 

esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que 

requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación 

Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos 

deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero 

que experimentáis. 

Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida 

tan rica y llena de entusiasmo.

Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y 

estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os 

esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, 

cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis 

en construirlo. 

Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca 

os encerréis en vosotros mismos, sino sabed 

trabajar por un futuro más luminoso para todos. 

Nunca estáis solos. 

La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima 

y desea ofreceros lo que tiene de más valor: 

la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de 

encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz.

A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por 

la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, 

sino una meta a la que todos debemos aspirar. 

Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos 

mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a 

nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y 

sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las 

jóvenes generaciones de hoy y del mañana, 

particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices 

de paz. Consciente de todo ello, os envío estas 

reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos 

nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para 

«educar a los jóvenes en la justicia y la paz».


Vaticano, 8 de diciembre de 2011 

BENEDICTUS PP XVI

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