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domingo, 28 de julio de 2013

Varginha‏.


    2013

Espiritualidad.

Discurso del Papa

en la favela de Varginha‏.

Queridos hermanos y hermanas.

Es bello estar aquí con ustedes. Ya desde el principio, al programar la visita a Brasil, mi deseo era poder visitar todos los barrios de esta nación. Habría querido llamar a cada puerta, decir «buenos días», pedir un vaso de agua fresca, tomar un «cafezinho», hablar como amigo de casa, escuchar el corazón de cada uno, de los padres, los hijos, los abuelos... Pero Brasil, ¡es tan grande! Y no se puede llamar a todas las puertas. Así que elegí venir aquí, a visitar vuestra Comunidad, que hoy representa a todos los barrios de Brasil. ¡Qué hermoso es ser recibidos con amor, con generosidad, con alegría! Basta ver cómo habéis decorado las calles de la Comunidad; también esto es un signo de afecto, nace del corazón, del corazón de los brasileños, que está de fiesta. Muchas gracias a todos por la calurosa bienvenida. Agradezco a Mons. Orani Tempesta y a los esposos Rangler y Joana sus cálidas palabras.

1. Desde el primer momento en que he tocado el suelo brasileño, y también aquí, entre vosotros, me siento acogido. Y es importante saber acoger; es todavía más bello que cualquier adorno. 
Digo esto porque, cuando somos generosos en acoger a una persona y compartimos algo con ella —algo de comer, un lugar en nuestra casa, nuestro tiempo— no nos hacemos más pobres, sino que nos enriquecemos. 
Ya sé que, cuando alguien que necesita comer llama a su puerta, siempre encuentran ustedes un modo de compartir la comida; como dice el proverbio, siempre se puede «añadir más agua a los frijoles». 
Y lo hacen con amor, mostrando que la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en el corazón.
Y el pueblo brasileño, especialmente las personas más sencillas, pueden dar al mundo una valiosa lección de solidaridad, una palabra a menudo olvidada u omitida, porque es incomoda.
Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, a los poderes públicos y a todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social: que no se cansen de trabajar por un mundo más justo y más solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo. 
Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales. 
No es la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable, sino la cultura de la solidaridad; no ver en el otro un competidor o un número, sino un hermano.Deseo alentar los esfuerzos que la sociedad brasileña está haciendo para integrar todas las partes de su cuerpo, incluidas las que más sufren o están necesitadas, a través de la lucha contra el hambre y la miseria. Ningún esfuerzo de «pacificación» será duradero, ni habrá armonía y felicidad para una sociedad que ignora, que margina y abandona en la periferia una parte de sí misma. Una sociedad así, simplemente se empobrece a sí misma; más aún, pierde algo que es esencial para ella. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza.
2. También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un verdadero desarrollo de cada hombre y de todo el hombre. Queridos amigos, ciertamente es necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. 
Pero hay también un hambre más profunda, el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. 
No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad, en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del cambio del corazón humano.

3. Quisiera decir una última cosa. Aquí, como en todo Brasil, hay muchos jóvenes. Queridos jóvenes, ustedes tienen una especial sensibilidad ante la injusticia, pero a menudo se sienten defraudados por los casos de corrupción, por las personas que, en lugar de buscar el bien común, persiguen su propio interés. A ustedes y a todos les repito: nunca se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar, el hombre puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer el bien, de no habituarse al mal, sino a vencerlo.
La Iglesia los acompaña ofreciéndoles el don precioso de la fe, de Jesucristo, que ha «venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).
Hoy digo a todos ustedes, y en particular a los habitantes de esta Comunidad de Varginha: No están solos, la Iglesia está con ustedes, el Papa está con ustedes. 
Llevo a cada uno de ustedes en mi corazón y hago mías las intenciones que albergan en lo más íntimo: la gratitud por las alegrías, las peticiones de ayuda en las dificultades, el deseo de consuelo en los momentos de dolor y sufrimiento. 
Todo lo encomiendo a la intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, la Madre de todos los pobres del Brasil, y con gran afecto les imparto mi Bendición.
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 Homilía del Papa Francisco.

hoy en Aparecida‏ .

Santa Misa en la Basílica del Santuario de AparecidaVenerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas

¡Qué alegría venir a la casa de la Madre de todo brasileño, el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida! Al día siguiente de mi elección como Obispo de Roma fui a la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con el fin de encomendar a la Virgen mi ministerio como Sucesor de Pedro. 
Hoy he querido venir aquí para pedir a María, nuestra Madre, el éxito de la Jornada Mundial de la Juventud, y poner a sus pies la vida del pueblo latinoamericano.Quisiera ante todo decirles una cosa. 
En este santuario, donde hace seis años se celebró la    V Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe, ha ocurrido algo muy hermoso, que he podido constatar personalmente: ver cómo los obispos —que trabajaban sobre el tema del encuentro con Cristo, el discipulado y la misión— se sentían alentados, acompañados y en cierto sentido inspirados por los miles de peregrinos que acudían cada día a confiar su vida a la Virgen: aquella Conferencia ha sido un gran momento de Iglesia.
Y, en efecto, puede decirse que el Documento de Aparecida nació precisamente de esta urdimbre entre el trabajo de los Pastores y la fe sencilla de los peregrinos, bajo la protección materna de María. La Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa de la Madre y le pide: «Muéstranos a Jesús». De ella se aprende el verdadero discipulado. He aquí por qué la Iglesia va en misión siguiendo siempre la estela de María.Hoy, en vista de la Jornada Mundial de la Juventud que me ha traído a Brasil, también yo vengo a llamar a la puerta de la casa de María —que amó a Jesús y lo educó— para que nos ayude a todos nosotros, Pastores del Pueblo de Dios, padres y educadores, a transmitir a nuestros jóvenes los valores que los hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno. Para ello, quisiera señalar tres sencillas actitudes: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría.
1. Mantener la esperanza. 
La Segunda Lectura de la Misa presenta una escena dramática: una mujer —figura de María y de la Iglesia— es perseguida por un dragón —el diablo— que quiere devorar a su hijo. 
Pero la escena no es de muerte sino de vida, porque Dios interviene y pone a salvo al niño (cf. Ap12,13a-16.15-16a). Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos.Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como padres y madres de familia, quisiera decirles con fuerza: 
Tengan siempre en el corazón esta certeza: 
Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona. 
Nunca perdamos la esperanza. 
Jamás la apaguemos en nuestro corazón. 
El «dragón», el mal, existe en nuestra historia, pero no es el más fuerte. 
El más fuerte es Dios, y Dios es nuestra esperanza.
Cierto que hoy en día, todos un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer. 
Con frecuencia se abre camino en el corazón de muchos una sensación de soledad y vacío, y lleva a la búsqueda de compensaciones, de estos ídolos pasajeros. Queridos hermanos y hermanas, seamos luces de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad. 
Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la Iglesia y para la sociedad. 
Ellos no sólo necesitan cosas.
Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo. 
Casi los podemos leer en este santuario, que es parte de la memoria de Brasil: espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad, alegría; son valores que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana.
2. La segunda actitud: dejarse sorprender por Dios. Quien es hombre, mujer de esperanza —la gran esperanza que nos da la fe— sabe que Dios actúa y nos sorprende también en medio de las dificultades. 
Y la historia de este santuario es un ejemplo: tres pescadores, tras una jornada baldía, sin lograr pesca en las aguas del Río Parnaíba, encuentran algo inesperado: una imagen de Nuestra Señora de la Concepción. 
¿Quién podría haber imaginado que el lugar de una pesca infructuosa se convertiría en el lugar donde todos los brasileños pueden sentirse hijos de la misma Madre?Dios nunca deja de sorprender, como con el vino nuevo del Evangelio que acabamos de escuchar. 
Dios guarda lo mejor para nosotros. 
Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus sorpresas. 
Confiemos en Dios. 
Alejados de él, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, se agota. 
Si nos acercamos a él, si permanecemos con él, lo que parece agua fría, lo que es dificultad, lo que es pecado, se transforma en vino nuevo de amistad con él.

3. La tercera actitud: vivir con alegría. 
Queridos amigos, si caminamos en la esperanza, dejándonos sorprender por el vino nuevo que nos ofrece Jesús, ya hay alegría en nuestro corazón y no podemos dejar de ser testigos de esta alegría. 
El cristiano es alegre, nunca triste. 
Dios nos acompaña. 
Tenemos una Madre que intercede siempre por la vida de sus hijos, por nosotros, como la reina Esther en la Primera Lectura (cf. Est 5,3).
Jesús nos ha mostrado que el rostro de Dios es el de un Padre que nos ama. 
El pecado y la muerte han sido vencidos. 
El cristiano no puede ser pesimista. 
No tiene el aspecto de quien parece estar de luto perpetuo. 
Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se «inflamará» de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor. 
Como decía Benedicto XVI
«El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro» 
(Discurso Inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 de mayo 2007: Insegnamenti III/1 [2007], p. 861).

Queridos amigos, hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María. 
Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. 
Ahora ella nos pide: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). 
Sí, Madre nuestra, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. 
Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría. 
Que así sea.
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Discurso del Papa Francisco

en ceremonia de despedida 

de JMJ Río 2013.

Señora Presidenta de la República,
Distinguidas Autoridades nacionales, estatales y locales,
Querido Arzobispo de San Sebastián de Río de Janeiro,
Venerados Cardenales y Hermanos en el Episcopado,
Queridos amigos:


En breves instantes dejaré su Patria para regresar a Roma. 
Marcho con el alma llena de recuerdos felices; y éstos –estoy seguro- se convertirán en oración. 
En este momento comienzo a sentir un inicio de nostalgia. Saudade de Brasil, este pueblo tan grande y de gran corazón; este pueblo tan amigable. 
Nostalgia de la sonrisa abierta y sincera que he visto en tantas personas, nostalgia del entusiasmo de los voluntarios. 
Nostalgia de la esperanza en los ojos de los jóvenes del Hospital San Francisco. 
Nostalgia de la fe y de la alegría en medio a la adversidad de los residentes en Varghina. 
Tengo la certeza de que Cristo vive y está realmente presente en el quehacer de innumerables jóvenes y de tantas personas con las que me he encontrado en esta semana inolvidable. 
Gracias por la acogida y la calidez de la amistad que me han demostrado. 

También de esto comienzo a sentir saudade.Doy las gracias a la Señora Presidenta por haberse hecho intérprete de los sentimientos de todo el pueblo de Brasil hacia el Sucesor de Pedro. 
Agradezco cordialmente a mis hermanos Obispos y a sus numerosos colaboradores que hayan hecho de estos días una estupenda celebración de nuestra fecunda y gozosa fe en Jesucristo. 
Doy las gracias a todos los que han participado en las celebraciones de la eucaristía y en los demás actos, a quienes los han organizado, a cuantos han trabajo para difundirlos a través de los medios de comunicación. 
Doy gracias, en fin, a todas las personas que de un 
modo u otro han sabido responder a las exigencias de 
la acogida y organización de una inmensa multitud de jóvenes, y por último, pero no menos importante, a tantos que, muchas veces en silencio y con sencillez, han rezado para que esta Jornada Mundial de la Juventud fuese una verdadera experiencia de crecimiento en la fe. 
Que Dios recompense a todos, como sólo Él sabe hacer.
En este clima de agradecimiento y de saudade, pienso en los jóvenes, protagonistas de este gran encuentro: Dios los bendiga por este testimonio tan bello de participación viva, profunda y festiva en estos días. 
Muchos de ustedes han venido a esta peregrinación como discípulos; no tengo ninguna duda de que todos marchan como misioneros. 
Con su testimonio de alegría y de servicio, ustedes hacen florecer la civilización del amor.
Demuestran con la vida que vale la pena gastarse por grandes ideales, valorar la dignidad de cada ser humano, y apostar por Cristo y su Evangelio. A Él es a quien hemos venido a buscar en estos días, porque Él nos ha buscado antes, nos ha enardecido el corazón para proclamar la Buena Noticia, en las grandes ciudades y en las pequeños poblaciones, en el campo y en todos los lugares de este vasto mundo nuestro. Yo seguiré alimentando una esperanza inmensa en los jóvenes de Brasil y del mundo entero: por medio de ellos, Cristo está preparando una nueva primavera en todo el mundo. Yo he visto los primeros resultados de esta siembra, otros gozarán con la abundante cosecha.

Mi último pensamiento, mi última expresión de saudade, se dirige a Nuestra Señora de Aparecida. En aquel amado Santuario me he arrodillado para pedir por la humanidad entera y en particular por todos los brasileños. He pedido a María que refuerce en ustedes la fe cristiana, que forma parte del alma noble de Brasil, como de tantos otros países, tesoro de su cultura, voluntad y fuerza para construir una nueva humanidad en la concordia y en la solidaridad.
El Papa se va, les dice "hasta pronto", un "pronto" ya muy nostálgico (saudadoso) y les pide, por favor, que no se olviden de rezar por él. 
El Papa necesita la oración de todos ustedes. 
Un abrazo a todos. 
Que Dios les bendiga.

lunes, 15 de julio de 2013

Apreparar el viaje


    2013

Espiritualidad.

El tren
de la
vida‏.
Autor: 

Tereza Leticia. 

Fuente:
Catholic.net
Colaboración

Dr. Juan Carlo Amatucci.

Un día, lleno de luz y brillo, leía un libro que comparaba la vida con un viaje en tren. 
Era una metáfora extremadamente interesante ya que interpretaba correctamente lo que quería expresar. 
Ella decía algo así como las siguientes humildes palabras: Nuestra vida es como un viaje en tren, llena de embarques y desembarques, de pequeños accidentes en el camino, de sorpresas agradables, de alertas falsas y verdaderas, con algunas subidas y bajadas tristes, con subidas y bajadas de alegría. 
Cuando nacemos y subimos al tren, encontramos dos personas queridas, nuestros padres, que nos harán conocer el "Gran" viaje hasta alguna parte del camino. Lamentablemente, ellos en alguna estación se bajarán para no volver a subir más. 
Quedaremos huérfanos de su cariño, protección y afecto. 
Pero a pesar de esto, nuestro viaje continuará. 
Conoceremos a otras interesantes personas, durante la larga travesía. 
Subirán nuestros hermanos, amigos y amores. 
Muchos de ellos sólo realizarán un corto paseo, otros estarán siempre a nuestro lado compartiendo alegrías y tristezas. 
En el tren también viajarán personas que andarán de vagón en vagón para ayudar a quien lo necesite. 
Muchos se bajarán y dejarán recuerdos imborrables. Otros en cambio viajarán ocupando asientos, sin que nadie perciba que están allí sentados. 
Es curioso ver como algunos pasajeros a los que queremos, prefieren sentarse alejados de nosotros, en otros vagones. 
Eso nos obliga a realizar el viaje separados de ellos. Pero eso no nos impedirá, con alguna dificultad, acercarnos a ellos. 
Lo difícil es aceptar que a pesar de estar cerca, no podremos sentarnos juntos, pues muchas veces otras son las personas que los acompañan. 
Este viaje es así, lleno de atropellos, sueños, fantasías, esperas, llegadas y partidas. 
Sabemos que este tren sólo realiza un viaje: el de ida. Tratemos, entonces de viajar lo mejor posible, intentando tener una buena relación con todos los pasajeros, procurando lo mejor de cada uno de ellos, recordando siempre que, en algún momento del viaje alguien puede perder sus fuerzas y deberemos entender eso. 
A nosotros también nos ocurrirá lo mismo seguramente. Alguien nos entenderá y ayudará. 
El gran misterio de este viaje es que no sabemos en cual estación nos tocará descender. 
Pero creo que será hermoso ver continuar el camino de mis hijos. 
Separarme del amor a la vida será algo doloroso, pero tengo la esperanza de que en algún momento nos volveremos a encontrar en la estación principal y tendré la emoción de verlos llegar con mucha más experiencia de la que tenían al iniciar el viaje. 
Seré feliz al pensar que en algo pude colaborar para que ellos hayan crecido como buenas personas. 
Ahora, en este momento, el tren disminuye la velocidad para que suban y bajen personas. 
Mi emoción aumenta a medida que el tren va parando. ¿Quién subirá?, 
¿Quién será?. 
Me gustaría que USTED pensase que, desembarcar del tren, no es sólo una representación del término de una historia que dos personas construyeron. 
Estoy feliz de ver como ciertas personas, como nosotros, tienen la capacidad de reconstruir para volver a empezar; y eso es señal de lucha y garra. 
Saber vivir es poder obtener lo mejor de todos los pasajeros. 
Agradezco a DIOS porque estemos realizando este viaje juntos y a pesar de que nuestros asientos no estén juntos, con seguridad el vagón es el mismo.

jueves, 11 de julio de 2013

Misa de Envio.


     2013





 EDICOM



Equipo Diocesano de    Comunicación.
Miércoles 10 de julio de 2013.

Jornada Mundial de la Juventud.
Síntesis de la Homilía.
Misa de envío. 

Monseñor Oscar Ojea.
Cuando estuve hace dos meses en Cuba en la parroquia San José, en Olguín, tuve una reunión con cuarenta jóvenes. Trabajan y muchos han estudiado pero no pueden trabajar de lo que han estudiado. 
Es un placer hablar con ellos en todo sentido. 
Y porque no podían ir todos, ellos eligieron a Manuel desde el corazón.
Yo les digo que cuando vayan tengan los ojos bien abiertos para poder compartir con otros jóvenes que vienen de otros países, de otras culturas, porque también esta era otra de las finalidades que Juan Pablo quería, que pudieran ver la maravilla de la iglesia plural, católica, una iglesia viva, pero que contiene a jóvenes de distintos lugares, lenguas, educaciones, problemas, de modo que les deseo de todo corazón que puedan vivir esta riqueza fraterna.

Es una de las finalidades del encuentro.
Ustedes piensen que van en nombre de muchos que no pueden ir. Manuel fue elegido de entre cuarenta (en Cuba) y ustedes fueron elegidos de entre mil, dos mil, tres mil, lo que ustedes quieran, pero sepan que muchos chicos quieren ir y no pueden, que desearían ver a Francisco. 
Entonces llévenlos ustedes en el corazón, llévenlos ustedes en la oración.Ustedes saben que yo lo conozco al Papa Francisco, que lo quiero mucho y que he trabajado varios años con él, entonces le escribí una carta diciéndole que yo iba a Roma el sábado que viene y ahí le cuento que soñé que era mentira que lo habían elegido Papa.

Me contesta:

“A mí también me parece mentira que sea Papa igual que a vos cuando soñaste, pero me visitó de entrada la gracia de la paz. 
Es tanta la paz que tengo que me doy cuenta que no es propia, es un regalo de Dios. Y esto lo vivo desde el primer momento. Gracias a esta paz puedo sobrevivir. Es como si el Señor me hubiera blindado con su paz.”
Que bueno sentir esta paz, que es la paz de Jesús, que es el fruto de la paz. Es la paz que deseamos en la Misa, “que la paz esté contigo”. Aquello que sale de lo más profundo de Jesús Resucitado.

En Brasil van a tener un encuentro profundo con el Señor, un encuentro entre ustedes, un encuentro con Jesús, con su palabra, con su presencia, con su paz.

Pero después de Brasil, es el Evangelio de siempre, el Evangelio de cada día, cómo me acerco al hermano carenciado, cómo me acerco al hermano que necesita. 
Cómo hago para mirar y ver, no para mirar sin ver.

Cómo hago para sintonizar con lo que me interesa y no con el canal que se me impone, que me impone la vida, que me impone la realidad, cómo hacer para ponerme a la altura de ese camino, bajarme del caballo, bajar la soberbia, ponerme a la par, en este caso, como en evangelio del samaritano, para calmar, para curar y al mismo tiempo acompañar, no borrarse.

Toda esta proximidad, esta cercanía es la expresión de que la fe crece cuando se la da, cuando se la entrega. La fe es un camino, es una luz que ilumina un camino (Lumen Fidei). La fe se da siempre en un camino y en ese camino aparece el hermano y cuando aparece el hermano la fe se pone en acción por el amor, por la caridad.

Vivimos en un mundo globalizado, pero hemos globalizado la indiferencia. 
Vivimos la globalización de la indeferencia, es como decir la globalización del individualismo.

Pidamos al Señor que esta Misa de envío, esta experiencia maravillosa que van a vivir, este encuentro fraterno, con otros hermanos, el encuentro con el Papa Francisco, este encuentro privilegiado, pueda llenarlos de fuerza en la fe, en este año de la fe, para no permitir que se globalice en ustedes la indiferencia y para poder ser cercanos con el hermano que está en el camino, solo así dará fruto este encuentro, cuando la fe se pone en acción. 
La fe crece cuando se la entrega. 
La fe tiene que hacerse luz y tiene que hacerse vida como fruto del encuentro con esa persona única, maravillosa, el amigo de nuestra vida, el que no se borra, el que está cerca, que es Jesús.

Estemos unidos en la oración.
Le voy a pedir al Papa que les transmita toda la paz que recibimos de él.

miércoles, 10 de julio de 2013

Observatorio de la Deuda Social Argentina


    2013




Universidad Católica Argentina.
 "Santa María de los Buenos Aires" 
Observatorio de la Deuda Social .


Tengo el agrado de reiterar la invitación a la presentación del informe del Barómetro de la Deuda Social Argentina de la UCA: DESAJUSTES EN EL DESARROLLO HUMANO Y SOCIAL (2010-2011-2012). 
Inestabilidad económica, oscilaciones sociales y marginalidades persistentes en el tercer año del Bicentenario, Año III.Programa del Acto:
18:30 Palabras del Mons. Dr. Víctor Manuel Fernández, Rector de la UCA

18:45 Presentación del Barómetro a cargo del Dr. Agustín Salvia, Investigador Jefe del Programa Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA)

19:00 Comentarios del libro a cargo del Dr. Fabián Repetto y la Dra. Alicia Caballero

Moderación: Dra. Cristina Calvo

El acto tendrá lugar el día 17 de julio a las 18.30, en el Auditorio San Agustín del Edificio Santa María, Alicia Moreau de Justo 1300, subsuelo.  

El día de la presentación le entregaremos un ejemplar de la publicación a los asistentes que se hayan inscripto previamente completando el siguiente formulario.
Sin otro particular saluda atentamente
,
Dra. Alicia Casermeiro de Pereson.
Directora General.
Edificio San Alberto Magno - Av. Alicia M. de Justo 1500, 4to. piso 

(1107) Buenos Aires.

Te.: (011) 4338-0615-  E-mail: 

viernes, 5 de julio de 2013

Mensaje


    2013

Espiritualidad.

9 de julio.

Día de la 

Independencia 



Mensaje de Monseñor 

Oscar Ojea  


Obispo de San Isidro.

En el año 2016 vamos a cumplir 200 años de independencia, por eso estamos caminando hacia el Bicentenario de la Independencia de la Patria.
Decir independencia es decir libertad, autonomía, pero también es decir identidad.
La patria en estos doscientos años ha ido como buscando una identidad y todavía no la ha encontrado en plenitud. 
Se ha dado una constitución, pero todavía falta para poder vislumbrar una identidad clara y nítida de la patria.
Lo mismo su proyecto nacional. 
Estamos en deuda todavía para darnos, para regalarnos un proyecto que, como nación, nos ilumine para trabajar juntos. 
Vamos sabiendo y conociendo nuestras diversidades. 
Hemos tenido muchas luchas, muchas divisiones en el camino pero sin embargo la bandera que nos envuelve tiene que incluir a todos y esto aparece claro en el documento de los obispos sobre el bicentenario de la patria. 
“Que ningún hermano quede excluido de la mesa común”.
Nuestra patria es capaz de generar tantos bienes que a nadie le puede faltar lo necesario para tener una vida digna. 
Cuando pensamos en la bandera, como símbolo, la bandera, debe hacernos pensar en todos nuestros hermanos, especialmente en aquellos que más están necesitando la cercanía fraterna.Celebrar la patria entonces es celebrar una independencia, una identidad y al mismo tiempo una búsqueda continua de la justicia.
Que el Señor nos ilumine para que en cada fecha patria podamos ir creciendo en la conciencia de unidad, que somos uno respetando las diversidades y, en la conciencia de que tenemos que evitar toda exclusión para que a ningún hermano nuestro le falte lo más digno para poder desarrollarse como individuo, como persona.
Viva la patria.
Viva la independencia de la patria .
y que Dios los bendiga a cada uno de ustedes.

Misa de Envio

    2013

Espiritualidad.



Jornada 

Mundial 

de la Juventud.

Misa de Envío.  

Catedral 

de 

San Isidro.




Lunes 8 de julio de 2013.

20:30.Horas


El obispo de San Isidro, Mons. Oscar Ojea presidirá la celebración de la Misa que se realizará para todos los peregrinos de las próxima Jornada Mundial de la Juventud, en Brasil.Están especialmente invitadas a participar las familias de todos los que participarán de este evento mundial junto al Papa Francisco.
*  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  *  * 
No es casual, que este Obispo, casi nada conocido por nosotros llegara a San Isidro.
Cuando mensionamos a los cuatro municipios, lo primero que 
atinamos a decir es: los mas ricos. Pero . . . 
Este cura desconocido por nosotros, que llegaba de la Capital, no venia de los bosques de palermo, ni de los salones lujosos del Centro Porteño, por indicación de Jorge
Mario, "nuestro" Francisco de hoy, venia de trabajar en las villas más duras de la gran capital.
Ese Obispo sonriente y suave, tenia toda la experiencia requerida, para toparce con la desigualdad mas grande, los municipios ricos, rodeados de la pobreza mas amarga, la desigualdad y en muchos casos, la miseria. . . 
No le tembló el pulso, puso rumbo a su Misión, y desde entonces no paró jamas.
¿Queres verlo? 
Lo encontraras en medio de los problemas. 
Donde su autoridad de obispo, le deja lugar al cura de barrio, 
donde el dolor, no tiene otra jerarquia, más que la comprenión, la mano generosa, la ayuda y una enorme FE para derramar, donde hay que mitigar dolor.
Una Oración por Francisco, por su enorme compromiso con el mundo, pero tambien, para darle las gracias por este regalo,  que significa tener un pastor dedicado e incansable para ocuparse por nosotros.
El director . 

martes, 18 de junio de 2013

              2013


     




Espiritualidad.

La buena nueva.
Monseñor Victor Manuel Fernandez.


El momento fantastico de la Ordenación.

Es sentír la Presencia Divina, 

Es la FE puesta como ofrenda, cada uno suma su Alma y la pone disposición de Dios en el 
momento de sentir que es parte de la Ofrenda Mayor: Toda la vida.



Luego de la ordenación
nos dejo palabras, de esas que llegan al corazón.




Aunque estén cansados, permítanme compartir con ustedes algunos recuerdos.
A los que me aprecien, estos detalles pueden ayudarles a entenderme.
En primer lugar, quiero recordar a Alcira Gigena, el pueblo de Córdoba donde nací.
Aunque dicen “pueblo chico, infierno grande”, crecer en un pueblo de 5.000 habitantes es como crecer en una gran familia, en una gran casa donde todos nos
conocemos.
Y siempre pensé que es mejor estar expuesto a las diferencias y a los conflictos, que te incorporan, antes que a la indiferencia que te excluye.
En ese pueblo siempre me sentí querido, valorado y alentado a desarrollar mis capacidades.
Agradezco a mi familia el apoyo de siempre, y a mi madre de 87 años que tuvo que sufrir unas cuantas tormentas pero que siempre miró para adelante.

Mi familia sabe que desde muy chico tuve un genuino amor por Jesucristo.
Allí en Alcira estaba el cura que me bautizó y me educó en la fe.
El padre Staffolani, que luego fue obispo de Río Cuarto.
Siempre me impactó ver las ganas de ser cura que
tenía, el amor al pueblo, y una cosa muy significativa: cuando sabía que había alguien
enfermo se lo veía inquieto, no descansaba hasta que lograba visitarlo.
Porque no soportaba que alguien se muriera sin recibir el consuelo cristiano. Fíjense, se
obsesionaba por estar al lado de alguien que se iba a morir, y que humanamente
hablando no se lo iba a retribuir con nada.
Eso a mí me mostraba la nobleza del
sacerdocio.
Con 17 años entré al Seminario de Córdoba, siendo rector Mons. Ñáñez.
Yo era un adolescente pueblerino y despistado, llegaba asustado al Seminario.
Pero con cuánto cariño recuerdo la comunidad del Seminario que me fue modelando.
Recuerdo especialmente las clases y los consejos de Mons. Arancibia, y el acompañamiento sabio
y generoso de Mons. Rovai, que nos infundía tanto amor a la misión de la Iglesia y a la Eucaristía.
Después Mons. Arana me envió a Buenos Aires para que completara mi formación en la Facultad de Teología.
Allí me recibieron generosamente los Operarios diocesanos, que me regalaron toda su comprensión y su amistad, que siempre voy a agradecer.
En esa época, iba los fines de semana a ayudarle al padre Pablo Tissera.
Gran sacerdote, generoso hasta el sacrificio, que era mi director espiritual.
Su casa era realmente la casa de los pobres.
Yo acompañaba a sus jóvenes a visitar un barrio muy pobre en Grand Bourg, y allí aprendí lo que es el sufrimiento y la sabiduría de los pobres.
Luego, cuando me ordenaron diácono, fui a verlo a Mons. Buffano para ofrecer ayuda en San Justo. Recuerdo que Buffano me besó la frente y me dijo: “¡Cuánto te agradezco!”.
Claro, tenía parroquias de más de 100.000 habitantes con un solo cura.
Empecé a ir a la parroquia de Rafael Castillo.
Una vez más, cuánto me enseñaron los
pobres en esos barrios: con su paciencia, sus cansancios, su inmensa fe.
¡Cuánto aprendí a quererlos!
Tiempo después de estudiar un tiempo en Roma, volví a Río Cuarto como formador del Seminario, y luego de un intervalo como párroco fui nuevamente formador.
¡Qué lindo seminario!
Una comunidad sacerdotal con un objetivo común, y una familia.
De aquellos formadores uno es el actual obispo de Quilmes, el amigo Cacho Tissera que estuvo siempre a mi lado.
¡Si me pongo a contar todo lo que compartimos!
 Allí estaba también el querido Padre Filipuzzi, a quien uno se podía quedar horas escuchándolo y aprendiendo.
Rezamos por él en esta Misa.
Mi Obispo quiso darme un regalo y me nombró párroco en un barrio de Río Cuarto, por siete años.
En ese momento se creó la parroquia Santa Teresita, que tanto amé.
¡Cómo nos divertíamos en la parroquia!
Peleábamos también, pero cuánta vida y qué
fiesta espiritual y pastoral.
No hablo de jarana, porque había trabajo, fuerza misionera, oración y muchas ganas de formarse.
 Les digo a los seminaristas: no hay nada más
lindo que ser párroco, más que rector, quizás más que arzobispo.
Esto fue hasta el año 2.000.
Reconozco que en estos 13 años la cultura de la
participación y el compromiso ha decaído, es más difícil.
Pero los desafíos están para superarlos.
Quiero agradecer con mucho afecto y alegría a los curas del Presbiterio de la diócesis de Río Cuarto.
No sólo porque siempre me sentí valorado, apoyado y sostenido por todos, sino por esa fraternidad donde  quizás nos criticamos, pero igual nos juntamos, nos acompañamos, nos escuchamos, no nos abandonamos unos a otros.
Yo es pero
poder vivir lo mismo en este colegio que es la Conferencia Episcopal Argentina. Creo
en ese lazo espiritual del episcopado que ahora nos une, y agradezco inmensamente
que lo hayan hecho visible con su presencia en esta ordenación. Por don de Dios un
nuevo hermano ha nacido hoy para ustedes.
Mientras era párroco en Río Cuarto, viajaba semanalmente a dar clases a nuestra
querida Facultad de Teología. Agradezco el apoyo y la comprensión de los colegas que
también me acompañan hoy. Especialmente los años en que aprendí mucho de la
sabiduría de Carlos Galli, acompañándolo como vice decano. En la Misa recordamos a
algunos de ellos que ya nos dejaron.
 Con mucho cariño quise pedir por algunos
maestros como el recordado Padre Lucio Gera, el Padre Rafael Tello que me enseñó tantas cosas
en los últimos años de su vida, y el obispo Carmelo Giaquinta.
También debo dar gracias al Clero de Buenos Aires, del cual, siendo yo un extraño,recibí muchos gestos de fraternidad.
En estos últimos años me tocó llegar, un poco accidentado, al rectorado de la
Universidad Católica.
Yo soy catequista de alma, de manera que me preocupa que los alumnos reciban el anuncio del Evangelio y una formación cristiana que les ayude a
vivir.
Pero también amo una teología que dialogue con las ciencias y la cultura dando luz a una hermosa síntesis.
En estas dos tareas todavía hay muchas deudas pendientes,y es un largo camino.
Seguí los consejos del anterior arzobispo de Buenos Aires, y me preocupé por acercar más la UCA al mundo de los pobres, de manera que el contacto con ellos nos ayude a ver mejor la realidad y no seamos sólo intelectuales de escritorio.
En esto hemos crecido, y también crecimos en el encuentro y el diálogo con la sociedad y la cultura.
Pero no quiero dejar de valorar la tarea más escondida de los investigadores, que persisten
en la búsqueda de la verdad a veces con resultados poco visibles, y quizás con la incomprensión de los demás.
Yo mismo he escrito algunos artículos que me
robaron mucho tiempo y que nadie lee, pero reconozco la oculta belleza de esa
búsqueda que también da gloria a Dios.
Agradezco a los vicerrectores que me acompañan con su amistad y su trabajo intenso y generoso,
y a todos los que se empeñan cada día con un amor genuino por la Universidad, que es un bien de la Iglesia de Jesucristo.
En la contratapa del libro que les entregaron hoy tienen mi logo episcopal.
Allí está el origen y sentido último de todo.
El círculo naranja representa al Padre Dios, que es la fuente última, el Principio sin principio.
Sobre ese fondo aparece la cruz de Cristo, mi
querido Señor, amigo y redentor.
Encima de la cruz, el Espíritu Santo, que llenó la vida y el Corazón de Jesús y lo impulsaba a la misión. Desde allí tiene sentido el báculo, que
es el ministerio de los pastores, metido, como dice el lema “en medio de tu pueblo”,
en el corazón del pueblo de Dios y no arriba o a un costado.
La Virgen María, que es madre, está también allí, donde debe estar, en medio de su pueblo.
Y en medio de ese pueblo también está un comprovinciano mío que es un amigo y un modelo, el querido cura Brochero.
Reconozco mis miserias y mis límites, pido perdón a todos los que pueda haber ofendido o a los que esperaban más de mí.
Pero el pueblo de Dios me educó a lo largo
de todos estos años, el pueblo de Dios me preparó más que los libros.
Aunque a los cincuenta años podría decir que recién ahora me sentiría mínimamente preparado para ser cura y ahora me toca ser obispo.
Pero quiero sinceramente ser cada vez más fiel a Dios y confío intensamente en lo que le dijo Jesucristo a San Pablo:
“Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta  perfectamente en tu fragilidad”.
O, como escuchamos hoy:
“Sé en quien he puesto mi confianza”.
Entonces, no sé qué será de mí, pero tengo la certeza de que, por la gracia de Dios, aun
a través de los fracasos, cruces y humillaciones, Dios sacará algo bueno de mí para su pueblo.
Me gusta el Evangelio, me gusta la Iglesia madre, me gusta nuestro pueblo argentino,
me gusta esta misión que es una inmensa posibilidad de hacer el bien, así que no me
queda más que agradecer a Dios.
Para terminar, quiero tener presente a una persona que nos está acompañando
espiritualmente, el querido Papa Francisco.
Ante la insistencia de un amigo mío que quería que yo fuera obispo, le dije una vez que
si eventualmente me ofrecían ser obispo yo no lo iba a aceptar.
“Tomame la palabra”,le dije.
Ahora me da vergüenza.
 Pero en aquel momento yo no contaba con que quien me lo iba a pedir sería este Papa, que conoce bien mis pocas capacidades y también mis defectos.
Que yo sea obispo tiene que ver con su misericordia y su audacia.
El otro día el Santo Padre me llamó para decirme que estaba rezando por mí, y me contó que tenía otra cruz pectoral igual a la suya.
Entonces me dijo:
 “No te hagas hacer una ”.
“¿Para qué quiero yo dos cruces si con una me alcanza? “
“Así que si no te parece mal te mando una a vos”.
Es esta que llevo puesta.
Gracias de corazón a todos ustedes por acompañarme en este hermoso momento, y como dice el Papa: 
“por favor, recen por mí”.