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viernes, 8 de marzo de 2013

2013


Espiritualidad...

Fin de dos
pontificados 
unidos 
desde 
adentro.
Por :



Colaboración:
Juan 

Carlo

Amatucci.

Médico
Periodista.




Para los cardenales que le eligieron, votar a Benedicto XVI fue como votar de nuevo a Juan Pablo II. Por eso se cierra ahora un periodo enormemente fructífero en la vida de la Iglesia, que ha visto en la cátedra de Pedro dos pontífices tan distintos y tan complementarios


Cuando leí que un amigo mío italiano había escrito que el 28 de febrero termina el pontificado de Juan Pablo II, mi primera impresión fue de sorpresa. Benedicto XVI ha sido papa durante casi ocho años, y en ese periodo ha dejado una profunda huella en la Iglesia: intelectual (sus tres encíclicas, su libro sobre Jesús de Nazaret), de gobierno (las reformas internas para atacar a la raíz de los abusos sexuales por parte de clérigos, y para promover la organización eficiente y transparente de las finanzas vaticanas), de impulso ecuménico con ortodoxos y luteranos, y de diálogo interreligioso con el hebraísmo y con Islam moderado; y también humano: aunque pueda resultar inesperado, acudían a sus ángelus y audiencias de los miércoles más gente que durante el pontificado anterior.Y sin embargo, a mi amigo no le falta razón. 
Existe una compenetración intensa entre los magisterios de los dos Papas. Y no sólo porque Benedicto XVI haya seguido la huella de Juan Pablo II, sino me atrevería a decir que también fue al revés. El cardenal Ratzinger fue el inspirador de muchos documentos clave de Juan Pablo II, empezando por el Catecismo de la Iglesia Católica, elaborado bajo su dirección inmediata, y de un alcance difícil de medir para la configuración del mensaje cristiano en lenguaje contemporáneo. (Escribo “cristiano” a propósito, ya que el Catecismo ha recibido una acogida magnífica en muchas Iglesias ortodoxas, en Iglesias orientales como la Armena y la Copta, y en otras de cuño protestante). Después, encíclicas y documentos firmados por Juan Pablo II (la declaración Dominus Iesus, por ejemplo) son el fruto del trabajo intelectual de Joseph Ratzinger, que preparó borradores, revisó a fondo las distintas versiones, y les dio consistencia y solidez.
Tanto es así, que cuando en una ocasión, al comenzar su pontificado, los periodistas preguntamos a Benedicto XVI si iba a escribir tanto como su predecesor, su respuesta fue: “no, no hace falta, ahora lo importante es poner en práctica lo que escribió el Papa (porque Benedicto tardó más de un año el dejar de llamar Papa a Juan Pablo II), en lo que me reconozco”.

Existió también una compenetración humana, a pesar de las diferencias de carácter y de preferencias personales. Si revisamos las biografías de ambos, prácticamente no encontramos nada en común: la vida aventurosa de Karol Wojtyla, con su trabajo manual, su teatro y sus salidas en canoa, y su lucha contra el totalitarismo soviético en su patria, no tiene paralelismo con la trayectoria académica de Joseph Ratzinger, apasionado por la investigación, el debate profundo y la enseñanza. Basta comparar dos fotos: la del obrero Wojtyla en 1940, donde la camiseta de tirantes deja ver sus brazos musculosos, y la de Ratzinger a su misma edad, propia del más estudioso de la clase.

Pues bien, a pesar de representar las antípodas en modos de ser, Juan Pablo II le eligió como su colaborador de confianza casi al empezar su pontificado, y no le dejó marchar ni siquiera cuando estaba para cumplir los 75 años y Ratzinger anhelaba volver a su Baviera natal para dedicar sus últimos años a la investigación teológica. “Usted no se marcha mientras yo sea Papa”, dicen que le respondió Juan Pablo II cuando el cardenal alemán le presentó su renuncia. Y en momentos clave, utilizó al cardenal Ratzinger para resolver problemas de fondo en algunos países, viajando discretamente en nombre del Papa; o prestándole su voz cuando ya no la tenía, como cuando le pidió que escribiera y pronunciara el Víacrucis de su último Viernes Santo en la tierra.

Benedicto XVI ha sido además continuador de proyectos inacabados de Juan Pablo II. Ambos han sido aliados en su esfuerzo por interpretar el Concilio Vaticano II en clave de continuidad, alejando el espectro de quienes han pretendido ver que la última asamblea conciliar como tan novedosa que había roto con la Tradición (pretensión de los lefebvrianos) y también combatiendo la pretensión de quienes entienden la Iglesia sin el ancla de la Revelación y que por tanto nada impide que se contradiga a sí misma y acepte el sacerdocio femenino, modifique principios básicos de la moral cristiana y abola el celibato sacerdotal.

Por último, los dos pontificados van unidos porque en 2005 muchos cardenales le vieron como la perfecta continuidad con Juan Pablo II. Recuerdo bien las conversaciones con varios purpurados, los días siguientes a la elección de Benedicto XVI, en que en Roma se respiraba tal alegría y entusiasmo, que – sin saltarse el secreto pontificio de lo que había sucedido dentro de la capilla Sixtina, ni decir a quién habían votado – hablaban de lo que pensaban con más facilidad de lo ordinario.

Casi todos mencionaron cuatro motivos fundamentales para elegirle. En primer lugar, la homilía de los funerales solemnes en la plaza de san Pedro, donde no pocos descubrieron que el defensor de la doctrina católica, tímido y reservado, tenía un corazón como la copa de un pino.

En segundo lugar, el modo como moderó las llamadas congregaciones generales (esas sesiones de trabajo previas al cónclave, donde los cardenales hablan y discuten sobre la situación del mundo y de la Iglesia, mientras piensan qué Papa hace falta para ese mundo y esa Iglesia). Su serenidad al guiar las intervenciones, su capacidad de síntesis al resumir lo que se había dicho al final de cada sesión, y su objetividad para no dejar fuera de los resúmenes las tesis que no compartía, hicieron pensar a muchos: “tiene la Iglesia entera en su cabeza”.

En tercer lugar, su homilía en la Misa del Espíritu Santo previa al cónclave, centrada en las amenazas que pesaban sobre la situación del mundo, y muy en particular de lo deletéreo que resulta el relativismo. He de reconocer que a mí me descolocó completamente.

Con cortedad de miras, pensé que era una oportunidad desaprovechada, porque el mundo entero seguía en directo esa ceremonia, y era una ocasión única para hablar de la alegría de la fe… Pues me equivoqué, porque la reacción de los cardenales, que seguían sus palabras a pocos metros, fue diametralmente distinta. Al señalar sin medias tintas los problemas a los que se enfrentaría el siguiente Papa, sacaron la conclusión de que no quería serlo. Y ya se sabe, el que entra Papa en el cónclave, sale de cardenal…

Pero sobre todo , el hecho de haber sido el hombre de confianza del Papa Wojtyla. Para los cardenales que le eligieron, votar a Benedicto XVI fue como votar de nuevo a Juan Pablo II. Por eso se cierra ahora un periodo enormemente fructífero en la vida de la Iglesia, que ha visto en la cátedra de Pedro dos pontífices tan distintos y tan complementarios, imposibles de entender por separado, que juntos tomaron la Iglesia en momentos de zozobra, y le devolvieron la esperanza.

jueves, 28 de febrero de 2013

2013


Espiritualidad.


Dios nos 
juzgará
por el 
corazón‏.

Autor: 




P. Cipriano  Sánchez LC .


Fuente: Catholic.net.
Enviado por:




Dr. Juan.C.Amatucci .


El Evangelio nos narra la parábola de Epulón y Lázaro, donde nos damos cuenta de que al morir, Dios los juzga por su corazón. ¿Qué ha hecho Lázaro de bueno para subir al seno de Abraham? Nada. ¿Qué ha hecho Epulón de malo para no subir al seno de Abraham? Nada. Podríamos pensar que la diferencia está en que uno es muy pobre y el otro rico, pero no es el motivo por el cual Cristo los juzga. Cristo los juzga por el corazón. La diferencia está en ser una persona de corazón abierto o de corazón cerrado a Dios nuestro Señor.

Quizá a nosotros en Cuaresma se nos podría nublar un poco la vista y estemos juzgando nuestra vida por nuestro exterior y, entonces, estaremos viviendo una Cuaresma simplemente exterior, olvidándonos de que la auténtica Cuaresma es la purificación del corazón. El profeta dice: "El corazón del hombre es la cosa más traicionera y difícil de curar. ¿Quién lo podrá entender? Yo, el Señor, sondeo la mente y penetro el corazón, para dar a cada uno según sus acciones, según el fruto de sus obras."

Es Dios quien sondea el corazón, a nosotros nos toca, si queremos vivir de cara a Dios nuestro Señor, vivir con un corazón listo a ser sondeado por Él. El primer gesto de purificación que en nuestra Cuaresma tenemos que buscar es la purificación de nuestro corazón, la purificación de nuestra voluntad, la purificación de nuestra libertad.

Purificar el corazón, purificar la voluntad y purificar la libertad es atreverse a tocar una fibra muy interior, porque es la fibra en la cual nosotros reposamos sobre nosotros mismos. Cada uno de nosotros, en última instancia, reposa sobre su propia voluntad: la vol untad de querer algo o la voluntad de rechazarlo. Cada uno de nosotros en la vida acepta o rechaza las cosas por su corazón, por su voluntad. El profeta es muy claro: "Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón". Son palabras muy duras, sobre todo en cuanto a las consecuencias: "Será como cardo plantado en la estepa, que no disfruta del agua cuando llueve; vivirá en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhabitable".

Si nuestro corazón no aprende a purificarse, si nuestra voluntad no aprende a actuar bien, si nuestro interior no opta en una forma decidida, firme y exigente por Dios nuestro Señor, se puede ir produciendo, poco a poco, una especie como de desertificación de nuestra vida, un avanzar del desierto en nuestro corazón. Si nuestro corazón no está apoyándose en todo momento en Dios nuestro Señor y n uestra voluntad no está purificándose para ser capaz de encontrarse con Él, sino que por el contrario, nuestra voluntad está confiando en el hombre, es decir, confiando simplemente en esa veleta de acontecimientos que constantemente nos suceden, querrá decir que nuestra vida acabará plantada en medio de una estepa, tierra salobre e inhabitable.

¿No podría ser, el verse plantadas así, el destino de muchos corazones, de muchas vidas? Y cuando empezamos a preguntarnos el por qué, en el fondo, acabamos encontrando siempre una misma respuesta: No supieron poner su libertad totalmente en Dios nuestro Señor. Y aquí no importa si les faltó poco o les faltó mucho, aquí lo que importa es que les faltó.

En el Evangelio, no importa si el rico fue poco injusto o muy injusto, lo importante es que no llegó a estar del otro lado. Su libertad no se puso del la do que tenía que ponerse, su voluntad no se orientó hacia donde tenía que orientarse. Nos puede dar miedo pensar siquiera en la posibilidad de orientar nuestra voluntad. Nos puede dar miedo el intentar tocar nuestro corazón para empezar a preguntarle: ¿Estás verdaderamente orientado a Dios? ¿En quién confías? ¿Auténticamente tu confianza está puesta en el Señor?

De nada nos servirá después, la súplica del rico: "Padre Abraham, ten piedad de mí", porque nuestra libertad necesita ser ahora purificada.

Es importantísimo que esta Cuaresma se convierta para nosotros en un momento de reflexión sobre hacia dónde está orientada nuestra voluntad, qué estamos haciendo con nuestra vida, qué ha elegido nuestra libertad, qué caminos tiene, qué opciones ha tomado. De poco nos serviría pensar que nuestra libertad y nuestra voluntad están orientada hacia Dios nuestro Señor, si en el fondo, nosotros mismos no hemos sido capaces de purificarnos, de tal manera que, auténticamente se orienten hacia Dios.

"El corazón del hombre es la cosa más traicionera y difícil de curar ¿Quién lo puede entender? Yo, el Señor, sondeo la mente y penetro el corazón". Atrevámonos a ponernos en Dios nuestro Señor. Atrevámonos a ponernos en Él como el único que va a ser capaz de decirnos si auténticamente nuestra voluntad y nuestra libertad están orientadas de tal forma que, en esta vida nos abramos a Dios, y en la futura nos encontremos con Él.

Atrevámonos a permitirle a Dios tocar los recursos, los resortes interiores de nuestra libertad.

Cuántas veces podríamos juzgar que estamos haciendo bien, y realmente podría ser que estuviésemos viviendo engañados, traicionados por lo más interior de nosotros mismos, que es nuestro corazón, "la cosa más traicionera y difícil de curar". ¿Me atrevo yo a permitir que ese médico del alma que es Dios, entre a mi corazón, toque y cuestione mi libertad y toque y fortalezca mi voluntad?

Creo que éste sería un buen camino de Cuaresma: el ir purificando nuestra voluntad y nuestra libertad de tal manera que, en el encuentro con la Pascua de nuestro Señor, lleguemos a decir que nuestro corazón, siendo débil como es, tiene una certeza y tiene una garantía: el estar apoyado sólo y únicamente en Dios nuestro Señor. Porque así, "será árbol plantado junto al agua que hunde en las corrientes sus raíces; cuando llegue el calor, no lo sentirá y sus hojas se conservarán siempre verdes; en el a&ntild e;o de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos".

En nuestras manos está el hacer de nuestra libertad y de nuestra voluntad un camino de esterilidad, apoyado en nosotros; o un camino de fecundidad, apoyado en Dios.

viernes, 22 de febrero de 2013

2013


Espiritualidad.


"Es hora   

de que

vuelva el 

reclinatorio"‏.

Fuente:  ReL .

Por : Dr. Juan Carlo Amatucci.





 Greg Kandra es un periodista bastante conocido en Estados Unidos en el ámbito cristiano. No en vano ha recibido 21 premios de la Asociación de la Prensa Católica, es el director de informativos del canal de la diócesis de Brooklyn (Nueva York, Estados Unidos), creó y produjo Currents, el primer informativo católico diario, y durante treinta años trabajó en los servicios informativos de la CBS, lo que incluye dos documentales galardonados con el Emmy.

Además de todo eso, Greg es diácono casado y tiene un blog muy leído de análisis religioso en el portal Patheos. Uno de sus últimos post afronta una cuestión que se plantea cada vez más en las parroquias, siguiendo lo que parece la voluntad clara de Benedicto XVI, que así lo hace en las misas papales: la restauración de los reclinatorios a la hora de comulgar.

Kandra explica que no era partidario de ellos durante mucho tiempo: "He comulgado de pie durante la mayor parte de mi vida adulta, hacerlo en la mano me pareció siempre algo sensible, práctico y -con la adecuada catequesis- apropiado".

Pero... "He cambiado de opinión", afirma, "tras muchos años al otro lado del copón (primero como ministro extraordinario de la Santa Comunión, luego como diácono), viendo lo que pasa. Y ya he visto bastante".

Momentos de tensión 

Greg hace memoria: "He visto a una madre recibir la comunión con su bebé a rastras y luego compartira con él como si fuese una galleta. Al menos cuatro o cinco veces al año tengo que parar a alguien que se la lleva y pedirle que la consuma en el sitio. Una o dos veces al mes me encuentro con los restos, personas bienintencionadas a quienes de alguna forma se les cae en algún sitio la hostia y Jesús acaba en el suelo. Un par de veces al año hay quien recibe la forma adecuadamente, y luego saca un pañuelo para pedir otra para llevársela a un familiar enfermo".

Y luego está, dice, las formas no uniformes de recibirla: "La reverente, con la mano como trono. El estilo mano extendida. Los que alargan el brazo para cogerla con los dedos. Los indecisos que se acercan con la mano y la boca dispuestos a la vez... ¿dónde la quiere y cómo?".

Esto sucede, lamenta, a pesar de los intensos esfuerzos de su parroquia: "La catequesis sobre esto es inútil. Lo hemos intentado. Le dices a la gente cómo se hace, les instruyes, lo pones en la puerta, lo repartes en boletines, lo proclamas desde el púlpito. No sirve de nada. Una y otra vez, hay una considerable minoría de fielesque, o se despistan o, lo que es peor, les resulta indiferente".

La pedagogía de lo sagrado
Por eso, dice "tras experimentar todo esto demasiado a menudo, en demasiados lugares, bajo una amplia variedad de circunstancias, he decidido que se acabó".

No es que Kandra la emprenda con sus parroquianos. No es una cuestión de mala fe, sino de la misma naturaleza humana: "Los hombres somos torpes y necesitamos recordatorios (olores o campanas, posturas y gestos) para reforzar lo que estamos haciendo, orientar nuestra atención o concentrarnos más allá de nosotros mismos. Recibir la comunión es algo por encima de nosotros y más allá de nosotros. Debería trascender nuestras actividades normales. Nuestra forma de culto y nuestra recepción de la eucaristía no debería parecerse a la visita a un desguace".

Greg reivindica "la reverencia, la maravilla y el misterio" que han disminuido en la liturgia: "Los signos y símbolos que esconden el misterio (las vidrieras, los cantos en latín, el incienso) han desaparecido y... ¿con qué se los reemplaza?".

¿Qué significa arrodillarse?
Considera que arrodillarse para recibir la comunión en la boca "puede aliviar algo de esto" o, al menos "mal, no hará". Es un acto de "total y absoluta humildad: te haces menos para convertirte en más. Exige una sumisión de la voluntad y un claro conocimiento de lo que estás haciendo, de por qué lo estás haciendo y de lo que te va a pasar al hacerlo".

"La verdad", continúa, "es que no deberíamos sólo humillarnos, sino estar lo bastante intimidados como para preguntarnos si estamos realmente preparados para participar de este sacramento. Arrodillarnos significa que no podemos ir y recibirlo sin saber cómo se hace bien. No sólo exige un sentido del fin y de la intención, sino también algo más que se ha eludido durante dos generaciones. Exige un sentido de lo sagrado. Nos desafía a arrodillarnos ante lo maravilloso e inclinarnos ante la gracia. Significa que no sólo entendemos plenamente lo que está pasando, sino que apreciamos la imponente generosidad que ha detrás. Nos pide ser conscientes de lo que significa la palabra eucaristía: acción de gracias".

"Es hora, pues", concluye, "de que vuelva el reclinatorio", y así se hará en su parroquia a partir de ahora.
2013


Salva Vidas junto a 



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lunes, 18 de febrero de 2013

2013

La Renuncia.







Fuente:
Dr. Juan Carlo Amatucci.
Autor :
No Identificado.

El Siguiente artículo lo escribió un Jóven llamado Daniel del cual,  solo conocemos su corta . . . ¿Biografía:? 
"Aquí estoy. Me llamo Daniel, y soy un católico de 23 años. 
Le voy al Manchester United, me gusta Star Wars y leo cómics. 
Además, estudié fotografía. 
Pero nada de eso cuenta, si no fuera feliz

La verdadera causa 
de la renuncia del Papa.
Tengo 23 años y aún no entiendo muchas cosas. Y hay muchas cosas que no se pueden entender a las 8:00 am cuando te hablan para decirte escuetamente: “Daniel, el papa dimitió.” 
Yo apresuradamente contesté: 
“¿Dimitió?”. 
La respuesta era más que obvia, 
“O sea, renunció, ¡Daniel, el papa renunció!”

El Papa renunció. 
Así amanecerán sin fin de periódicos mañana, 
así amaneció el día para la mayoría, así de rápido perdieron la fe unos cuantos y otros muchos la reforzaron. 
Y que renunciara, es de esas cosas, que no se entienden.
Yo soy católico. Uno de tantos. De esos que durante su infancia fue llevado a misa, luego creció y le agarró apatía. 
En algún punto, me llevé de la calle todas mis creencias y a la Iglesia de paso, pero la Iglesia no está para ser llevada ni por mí, ni por nadie (ni por el Papa). 
En algún punto de mi vida, le volví a agarrar cariño a mi parte espiritual (muy de la mano con lo que conlleva enamorarse de la chavita que va a misa, y dos extraordinarios guías llamados padres), y así de banal, y así de sencillo, recontinué un camino en el que hoy digo: 
Yo, soy católico.
Uno de muchos, sÍ, pero católico al fin. 
Pero así sea un doctor en teología, o un analfabeto de las escrituras (de esos que hay millones), lo que todo mundo sabe es que el Papa, es el Papa. 
Odiado, amado, objeto de burlas y oraciones, el Papa es el Papa, y el Papa se muere siendo Papa. 
Por eso hoy cuando amanecí con la noticia, yo, al igual que millones de seres humanos..nos preguntamos:
 ¿porqué?. 
¿Porqué renuncia señor Ratzinger?. 
¿Le entró el miedo?. 
¿Se lo comió la edad?. 
¿Perdió la fe?. 
¿La ganó?. 
hoy, después de 12 horas, creo que encontré la respuesta: 
El señor Ratzinger, ha renunciado toda su vida.
Así de sencillo.

*El Papa renunció a una vida normal. 
*Renunció a tener una esposa. 
*Renunció a tener hijos. 
*Renunció a ganar un sueldo. 
*Renunció a la mediocridad. 
*Renunció a las horas de sueño, por las horas de estudio. 
*Renunció a ser un cura más, pero también renunció a ser un cura especial. 
*Renunció a llenar su cabeza de Mozart, para llenarla de teología. 
*Renunció a llorar en los brazos de sus padres. *Renunció a teniendo 85 años, estar jubilado, disfrutando a sus nietos en la comodidad de su hogar y el calor de una fogata. 
*Renunció a disfrutar su país. Renunció a tomarse días libres. Renunció a su vanidad. *Renunció a defenderse contra los que lo atacaban. 
Vaya, me queda claro, que el Papa fue un tipo apegado a la renuncia.

Y hoy, me lo vuelve a demostrar. 
Un Papa que renuncia a su pontificado cuando sabe que la Iglesia no está en sus manos, sino en la de algo o alguien mayor, me parece un Papa sabio. 
Nadie es más grande que la Iglesia. 
Ni el Papa, ni sus sacerdotes, ni sus laicos, ni los casos de pederastia, ni los casos de misericordia. Nadie es más que ella. 
Pero ser Papa a estas alturas del mundo, es un acto de heroísmo (de esos que se hacen a diario en mi país y nadie nota). 
Recuerdo sin duda, las historias del primer Papa. Un tal..Pedro. ¿Cómo murió? 
Si, enuna cruz, crucificado igual que a su maestro, pero de cabeza. 
Hoy en día, Ratzinger se despide igual. Crucificado por los medios de comunicación, crucificado por la opinión pública y crucificado por sus mismos hermanos católicos. Crucificado a la sombra de alguien más carismático. Crucificado en la humildad, esa que duele tanto entender.

Es un mártir contemporáneo, de esos a los que se les pueden inventar historias, a esos de los que se les puede calumniar, a esos de los que se les puede acusar, y no responde. 
Y cuando responde, lo único que hace es pedir perdón. 
‘Pido perdón por mis defectos’. 
Ni más, ni menos. 
Que pantalones, que clase de ser humano. 
Podría yo ser mormón, ateo, homosexual y abortista, pero ver a un tipo, del que se dicen tantas cosas, del que se burla tanta gente, y que responda así..ese tipo de personas, ya no se ven en nuestro mundo.

Vivo en un mundo donde es chistoso burlarse del Papa, pero pecado mortal burlarse de un homosexual (y además ser tachado de paso como mocho, intolerante, fascista, derechista y nazi). Vivo en un mundo donde la hipocresía alimenta las almas de todos nosotros. 
Donde podemos juzgar a un tipo de 85 años que quiere lo mejor para la Institución que representa, pero le damos con todo porque 
“¿con qué derecho renuncia?”.
 
Claro, porque en el mundo NADIE renuncia a nada. 
A nadie le da flojera ir a la escuela. 
A nadie le da flojera ir a trabajar. 
Vivo en un mundo donde todos los señores de 85 años están activos y trabajando (sin ganar dinero) y ayudan a las masas. 
Si, claro.
Pues ahora sé Señor Ratzinger, que vivo en un mundo que lo va a extrañar. 
En un mundo que no leyó sus libros, ni sus encíclicas, pero que en 50 años recordará cómo, con un simple gesto de humildad, un hombre fue Papa, y cuando vio que había algo mejor en el horizonte, decidió apartarse por amor a su Iglesia. Va a morir tranquilo señor Ratzinger. 
Sin homenajes pomposos, sin un cuerpo exhibido en San Pedro, sin miles llorándole aguardando a que la luz de su cuarto sea apagada. 
Va a morir, como vivió aún siendo Papa: humilde.
Benedicto XVI, muchas gracias por renunciar.

sábado, 16 de febrero de 2013

2013


Espiritualidad.


Sabías... 

que nos recibimos? 

de.




¡ MALCRIADORAS

       PROFESIONALES !



 POR SER, . . ABUELAS.


Colaboración:

Noemí


Nora


Garcia

19/01/2013 | 





De abuela a abuela te mando un 

abrazo!!


Autor:
  
Enrique Orschanski (Médico)

Los abuelos no sólo cuidan; son el tronco de la familia extendida, aportan algo que los padres no siempre vislumbran: pertenencia e identidad. 
Enrique Orschanski.

En los últimos 50 años, nuestro estilo de vida familiar cambió drasticamente como consecuencia de un nuevo sistema de producción. La inclusión de la mujer en el circuito laboral llevó a que ambos padres se ausenten del hogar por largos períodos, creando como consecuencia el llamado “síndrome de la casa vacía”.
El nuevo paradigma implicó que muchos niños quedaran a cargo de personas ajenas al hogar o en instituciones. 
Esta tercerización de la crianza se extendió y naturalizó en muchos hogares.

Algunos afortunados todavía pueden contar con sus abuelos para cubrir muchas tareas: la protección, los traslados, la alimentación, el descanso y hasta las consultas médicas. Estos privilegiados chicos tienen padres de padres, y lo celebran eligiendo todos los apelativos posibles: abu, abuela/o nona/o bobe, zeide, tata, yaya/o opi, oma, baba, abue, lala, babi, memé pepé, o por su nombre, cuando la coquetería lo exige.

Los abuelos no sólo cuidan, son el tronco de la familia extendida, la que aporta algo que los padres no siempre vislumbran: pertenencia e identidad, factores indispensables en los nuevos brotes.

La mayoría de los abuelos siente adoración por sus nietos. Es fácil ver que las fotos de los hijos van siendo reemplazadas por las de estos. 
Con esta señal, los padres descubren dos verdades: que no están solos en la tarea, y que han entrado en su madurez.

El abuelazgo constituye una forma contundente de comprender el paso del tiempo, de aceptar la edad y la esperable vejez.
Lejos de apenarse, sienten al mismo tiempo otra certeza que supera a las anteriores: los nietos significan que es posible la inmortalidad. Porque al ampliar la familia, ellos prolongan los rasgos, los gestos: extienden la vida. 
La batalla contra la finitud no está perdida, se ilusionan.
Los abuelos miran diferente. 
Como suelen no ver bien, usan los ojos para otras cosas. 
Para opinar, por ejemplo. 
O para recordar.
Como siempre están pensando en algo, se les humedece la mirada; 
a veces tienen miedo de no poder decir todo lo que quieren.
La mayoría tiene las manos suaves y las mueven con cuidado. 
Aprendieron que un abrazo enseña más que toda una biblioteca.
Los abuelos tienen el tiempo que se les perdió a los padres; de alguna manera pudieron recuperarlo. 
Leen libros sin apuro o cuentan historias de cuando ellos eran chicos. 
Con cada palabra, las raíces se hacen más profundas; la identidad, más probable.

Los abuelos construyen infancias, en silencio y cada día. 

Son incomparables cómplices de secretos. 
Malcrían profesionalmente porque no tienen que dar cuenta a nadie de sus actos. 

Consideran, con autoridad, que la memoria es la capacidad de olvidar algunas cosas. 

Por eso no recuerdan que las mismas gracias de sus nietos las hicieron sus hijos. 

Pero entonces, no las veían, de tan preocupados que estaban por educarlos. 

Algunos todavía saben jugar a cosas que no se enchufan.

Son personas expertas en disolver angustias cuando, por una discusión de los padres, el niño siente que el mundo se derrumba. 

La comida que ellos sirven es la más rica; incluso la comprada. 
Los abuelos huelen siempre a abuelo. 

No es por el perfume que usan, ellos son así. ¿O no recordamos su aroma para siempre?

Los chicos que tienen abuelos están mucho más cerca de la felicidad. 

Los que los tienen lejos, deberían procurarse uno (siempre hay buena gente disponible).

 
Finalmente, y para que sepan los 

descreídos: los abuelos nunca 

mueren, sólo se hacen invisibles.


jueves, 7 de febrero de 2013

2013


Tú puedes...

Salva Vidas, junto a ALMA‏.
Hola,


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